(La historia como nunca antes nadie la contó…)

Hace mucho, muuuuucho tiempo… casi tanto que el que esto narra se pierde entre realidad y ficción… vivió, no muy lejos de aquí, en la cercana Lusitania, una muchachita, quizá no tan bella como la de los otros cuentos, pero muchísimo más vella.

Se llamaba Wilgeforte, que en alguna extraña lengua irreconocible significa algo así como “Virgen Fuerte”, así que pueden ustedes hacerse a la idea del poco éxito que tendría con los hombres con semejante nombre… Aunque los hombres nunca importaron a nuestra amiga, ella prefería pasear por el campo, tocar el tambor, recoger amapolas, cantar un último fado a los reos crucificados, visitar a sus diez hermanas -encerradas desde pequeñas en diferentes castillos-, lavar su cuerpo en el lago y rezar a Dios -el único que la escuchaba-… Y así pasaban los días para Willy hasta que un día a su padre se le metió entre ceja y ceja que tenía que colocar a la única solterona que quedaba en el castillo:

- Wilgeforte, cuando vuelvas de lavarte en el lago y de comprar el pan, te casas.

Willy, lejos de achantarse, gritó a su padre:

- ¡Antes me hago barbuda!
- A mí, mientras te cases…

Continuará.....